lunes, 9 de junio de 2014

APRENDER DE MIS ALUMNOS (Dmp 22/13-14)

“Cuando yo te educo, tú me reeducas” es la frase con valor número 37 de cuantas voy poniendo día a día en las redes sociales (en este mismo blog y en mis cuentas de Twitter y Facebook). Son frases en las que creo profundamente y no sólo de cara a la galería. Paseando por Twitter (del que aún tengo mucho que aprender), descubrí ayer la cuenta de Francisco Javier Fernández, un inspector de educación de Andalucía que, en su perfil, afirma algo parecido, pero de un modo aún más contundente: “El día que no aprendas de tus alumnos, abandona esta profesión”. La frase me pareció preciosa y en sintonía con cuanto pienso, pero me obligó a preguntarme qué he aprendido de verdad de mis alumnos, para asegurarme de que no es tan sólo una frase políticamente correcta y bonita de repetir.

Puedo asegurar que, en estos 25 años como profesor, he aprendido mucho de mis alumnos, mi profesión me ha hecho crecer como persona, estar al día y, tal vez, hasta mantenerme joven. Mis alumnos han ayudado a aumentar mi competencia digital. Baste citar, por ejemplo, que fue un alumno mío (se llamaba Marc S.) quien me enseñó a utilizar el bluetooth por primera vez (fue para pasarme un sonido que ellos oían y yo no, cosas de la edad, y que les hacía partirse de risa mientras yo intentaba explicar Filosofía). O fue otro alumno (Ricart R.) quien me descubrió y me enseñó a utilizar el Fotolog, lo que en su momento (sin Twitter y sin Facebook) era lo más.

Mis alumnos han hecho crecer, también, mi competencia comunicativa, pues he tenido que adaptarme, una y otra vez, al alumno que tenía delante, para hacerle comprender el temario que yo debía transmitirle.

Mis alumnos han hecho crecer (y mucho) mis competencias personales e interpersonales, pues tímido como soy, he tenido que relacionarme con ellos, en grupo e individualmente, y hacerme cercano sin dejar de ser adulto y referente. Siempre me han acogido bien y siempre, mediante el diálogo, hemos sabido superar pequeños desencuentros, inevitables, creo, en la tarea de educar, así como en la de enseñar y evaluar. Por eso, poco a poco, he ido comprendiendo que no les enseño, sino que aprendemos juntos.


Incluso debo a mis alumnos mi pequeño dominio de la lengua catalana, pues fue ante ellos que me atreví a usarla en público y sus bromas ante mi pronunciación fueron acertadas correcciones. (Cómo olvidar que, durante todo un curso, me llamaran el “coñón”, porque yo había pronunciado a la francesa: “Digueu-me el vostre nom i ‘coñom’, en vez del correcto: ‘cognom’).

En definitiva, y como ya he dicho al inicio, mis alumnos de estos 25 años me han hecho ser quien soy. Tengo para mí que yo sería menos tolerante si no me hubiera dedicado a la educación, que me ha obligado a adaptarme a diferentes realidades colectivas (diferentes generaciones) y diferentes realidades individuales (cada alumno es diferente). Esta continua necesidad de adaptación ha hecho de mí un hombre que escucha, acompaña y crece disfrutando con esta tarea. Todo eso (y aun más) se lo debo a mis alumnos.


GRACIAS A TODOS Y A CADA UNO.